Homo Ludens: Johan Huizinga

Si bien lo había leído fragmentadamente, esta semana pude hacerme el tiempo para leer completo ‘Homo Ludens’ del historiador holandés Johan Huizinga. La obra es un clásico, un libro muy interesante, necesario. No es un texto de lectura rápida. Su lectura me llevó mis buenas horas, pero la recompensa es grande. Uno de los puntos que más me atrajo fue la perspectiva de análisis del historiador. El juego, para Huizinga, existe más allá de las culturas y de las funciones biológicas, es base y condición de estas instancias. Muestra como la cultura se juega, nace del juego y como juego. Describe como la competición lúdica es más vieja, incluso, que la cultura. El autor invita a pensar como el culto, la poesía, el arte, el derecho y muchas otras formas de nuestra cultura son, además de instancias “serias”, originalmente formas lúdicas, formas de juego. El libro me dejó con ganas de revisar la relación entre el juego, la colaboración y el aprendizaje. La relación entre las instancias lúdicas y la producción escolar. ¿Cómo hubiera analizado Huizinga la relación entre el juego y la producción tecno-científica de nuestros días? La obra me dejó muchos más interrogantes que, por el momento, dejaré un remojo. En la edición de Alianza / Emece 287 páginas. Recomiendo a todos su lectura.

Lectores, espectadores e internautas

Acabo de terminar de leer ‘Lectores, espectadores e internautas’, el excelente libro de Néstror García Canclini. Es una selección, por cierto, nada azarosa, de términos importantes para comprender los cambios cutlurales de los últimos años; especialmente aquellos asociados al avance de las tecnologías de información y comunicación. El libro aborda el tema desde la educación, las prácticas de lectura y escritura, la reconstrucción de la identidad del lector, los consumos culturales y la multiplicidad y diversidad de formatos y soportes a través de los cuales circula y se expresa la cultura. Afortunadamente, García Canclini define algunos de los términos claves para comenzar a entender los cambios culturales actuales y no deja de lado la dimensión política y económica de estos procesos. Nos dice, por ejemplo, en la definición de pirata, que en su análisis acerca de los derechos de lectores, espectadores e internautas de apropiarse, usar y reproducir los bienes culturales observa con preocupación que

“La modernidad y la democratización, repensadas como capacidad de acceso a bienes globalizados, aparecen viables más a través de recursos informales, y aún ilegales, que como resultado de una reestructuración más justa del orden social”.

En el mismo sentido, luego de citar algunos claros ejemplos de cómo el derecho de autor, lejos de enriquecer a los artistas, sólo alimenta el circuito de la concentración económica y de poder en las mismas manos [de los conglomerados trasnacionales de la industria cultural] se pregunta:

“Para que no sean unas pocas empresas las que controlen lo que leemos, vemos y escuchamos ¿No sería mejor abolir el copyright?”

El libro, de132 páginas, contiene observaciones de gran lucidez, está muy bien escrito y hasta tiene algo de ironía y humor (les recomiendo que miren lo que dice en PC). Un libro para disfutar: ameno como para leerlo en pantuflas, pero con mucho para subrayar.